“Mi primera propiedad” de “Astillitas en el corazón”

Siempre pensé que mi primera propiedad sería un coche. No ha sido así como no han sido otras cosas en mi vida y no sé si nunca serán. Pero no me quiero poner a llorar otra vez. Me duelen los ojos de llorar por cosas que no tienen remedio.

Insisto, nunca pensé que mi primera propiedad no hubiera de ser un coche. Siempre he ido de prestado con el coche viejo de mi padre, que es como si fuera mío sin serlo. Podría haber sido mi primera propiedad un piso, si todo hubiese ido como imaginaba, últimamente. Sin embargo, a mi la vida, el destino, los dioses, me ha jugado una mala pasada y sobre todo, la jueza me ha obligado a tener mi primera propiedad, una propiedad nunca deseada y de la que huimos la mayoría de los mortales.

Yo jamás me he fiado de los demás, demasiadas puñaladas traperas me han dado. Parezco abierta, simpática, amable. Soy cordial, generosa. Ahora bien, mi estrategia básica siempre fue huir. Huía de llegar a fondo en todo y con todos. Estar a medias me aseguraba no sentir dolor, tampoco sentía demasiada satisfacción, menos comiendo. Me encantan los dulces, sobre todo el chocolate, aunque en este momento ni eso me consuela de ese roto interior que tengo.

Intento ponerme el bálsamo de toda una vida, pero no me sirve, no aplaca ni calma mínimamente mi dolor, fruto de esos tajos que me has hecho o me han hecho. Supurando pus se encuentran las peores de ellas  y esa pus no me deja tranquila. Se ha instalado en mis días de forma crónica e insidiosa y no sé como desensibilizar esa rotura de la principal arteria de mi vida.

Cuando voy a limpiar mi primera propiedad, subida en una escalera de dos metros y me coge vértigo cuando miro abajo, pienso que hago yo aquí subida. Limpio los cristales, saco el polvo y me siento absurda, en lo alto, con un trapo en la mano y viendo un panorama fantástico de la ciudad.

Allí, subida en las nubes, recuerdo las películas de mi infancia, que me aterrorizaban y me hacían correr mentalmente lejos de lugares como estos, hacia parques de atracciones llenitos de azucarados algodones rosados y dulzonas manzanas de azúcar quemado. Supongo que de ahí, mi afición de esconderme de la ansiedad a través de la sensación agradable que deja en la boca todo aquello que se relacione con los aromas de algo meloso.

Tú también me quitabas la ansiedad. Me costó mucho trabajo abrir los portones del búnker donde estaba encerrada, mirando desde sus diminutas ventanas, como pasaba la vida, mi vida y la de los demás. Abrí las puertas porque te sentía tan perdido como estaba yo, porque vivía tu soledad como si fuera la mía, porque éramos dos pollitos abandonados que no sabíamos que hacer con el resto de nuestras vidas. Abrí las puertas, me alejé del búnker y me adentré en el camino que, durante miles de horas, millones de minutos había visto desde sus ventanas. Y fui feliz. Juro que fui feliz y me sentí querida y aceptada. Juro que te quise y que te quiero y juro que te lo dí todo. Pero no bastó. Ahora veo y comprendo que no bastó. No sé que más podría haberte dado. Me has dejado sola, en mitad del camino, lejos de mi búnker y de sus muros de protección, destrozados, como destrozada estoy yo.

Y sigo aquí en lo alto, con el trapo en la mano y limpiando mi propiedad, una propiedad que no quería (YO QUERÍA UN COCHE) y que me ha impuesto una jueza. Y me doy pena de mi misma y me viene esa cosa por dentro, que me dice “No quiero vivir” y me agarro a mi costado, mientras me duele, para no caerme, para no dejarme caer. Porque todos me dicen que tú no querrías que yo me cayera, que yo me dejara caer. Pero es que ese vacío que tengo dentro o esas heridas llenas de pus, me destrozan. Ya no sé quién o qué puede más si el vacío o las heridas.

¿Cómo voy a sobrevivir? ¿Agarrándome a esta propiedad tan mía y, al mismo tiempo, tan tuya? Lo dudo. No estás por propia voluntad, pero me has atado a ti de por vida, de por vida de mi vida ¿cómo voy a sobrevivir? No me sirven las explicaciones que los otros me entregan para devolverme la sensatez y darme un poco de luz. A ellos las heridas no les duelen. Les duelo yo, el verme así porque me quieren, me aprecian y entienden pero no entienden, que es que ya no estés.

Si pudiera abrazarte, tal vez conseguiría que tu te abrazaras a mí con fuerza y podríamos seguir juntos. Si te besara, tal vez tu me besarías a mí y el encanto del momento te encadenaría al presente, a nuestro presente, pero no es posible ya hacerlo y a mí, me faltan besos, abrazos, caricias y la habitación se me hace grande y la cama enorme y el día eterno sin ti.

Me bajo de gigantesca escalera, escoltada por mi padre y miro con satisfacción el trabajo hecho. Él me observa con pena y se compadece de mi situación y de la suya. Yo no le compadezco, sólo lloro por mi misma, porque todo se resume en que mi primera propiedad no es un coche como pensaba que sería. ¡Mierda de vida!

Tendré que atrancar otra vez las puertas de mi búnker y volver a encerrar en él mi corazón. Pero, la verdad es que ahora no tengo fuerzas ni para eso. Tengo que sobrevivir y todos los ánimos que encuentro en el saco vacío de mi misma, lo empleo en eso.

Me he quedado sin nada: sin ti, sin trabajo, sin futuro, sin ilusión por un futuro…sin coche. Que más puedo decir o decirme. Me lamo esos cuchillazos que me has dado, resguardada en un rincón. Lo hago despacio y sin prisa. Dejo que la gente que me quiere se me acerque, aunque no siento que me ayuden mucho, pero algo deben hacer porque el marasmo del principio ya no está. Ahora solo hay una pena inmensa que no me deja sentir nada más. Bueno, sí, me deja sentir el dolor de los navajazos, la supuración de las heridas, el vacío de mi interior y la paradoja de esa propiedad tan mía y tan tuya.

Me ha costado mucho venir hasta aquí, me ha costado meses pero, al final, he venido porque no podía permitir que eso tan tuyo y tan mío estuviera sucio. Aunque los otros me dan mil motivos sobre el porqué has decidido irte, espero que alguna vez me lo digas tú. Me digas “decidí irme porque…no te quería, o te quería demasiado, o no podía soportar el peso de pasado…”. Supongo que se me pasara, me refiero a eso de necesitar que te justifiques. Con el tiempo, me quedará la herida y ningún motivo dará sentido a tantos puntos o, al contrario, sólo los puntos y todo lo que han supuesto, dará sentido a lo que ha pasado, haya sido la que haya sido la excusa para tu deserción de mí.

El caso es que aquí estoy en mi primera propiedad, acompañada de mi padre, tan lloroso como yo, por ti, por mí, por él…En esta paradójica primera propiedad impuesta por la puta jueza.

Mi primera propiedad, un nicho en el cementerio y, dentro del nicho TÚ, que decidiste acabar con tu vida, sin decírmelo, de repente, cuando todos nuestros proyectos estaban a punto de cuajar. Y yo me siento como una Cenicienta, a la que después de llevar a palacio, ser felices y comer perdices, se la destina otra vez a su cocina, a sus cenizas, pero sin cenizas, que para eso, tengo una señora propiedad, en lo más alto del campo santo.

Y aquí estoy, rodeada de tumbas y flores de plástico, en un lugar donde estás y no estás, como yo estoy y no estoy en la vida, desde que te has ido. Me gustaría más un coche o un piso para compartir contigo. Ahora para estar junto a ti, solo me queda morirme y eso no va a pasar. Porque yo no voy a permitir que pase, no me lo voy a hacer a mi misma, ni se lo voy a hacer a la gente que quiero y que me quieren. No sé vivir sin ti pero tengo el coraje de intentarlo, aunque no sepa ya lo que me duele, aunque tenga que reconstruir las murallas resquebrajadas de mi corazón o no.

Guardo el trapo del polvo, devuelvo la escalera a su sitio y me acerco a mi viejo coche de color crema. Me subo y me despido de ese espacio lleno de tu caja de muerto y de tus restos hasta de aquí un par de meses. No me despido de ti. No puedo. Te llevo dentro, desangrándome a cada momento. ¿Qué voy a hacer sin ti?

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