” En conserva” de ASTILLITAS EN EL CORAZÓN

Si os tengo que ser sincera, hace tanto tiempo que no miro ahí dentro, que no sé si está en aceite, al natural o en almíbar. Es obvio que, según en qué esté conservado, su estado será uno u otro, pero es que cuando lo envasé, lo hice tan rápido, como quien se intenta deshacer de algo, que no puse ni etiqueta. Ahí lo deje bien guardadito en el fondo, fondo, fondo, de todo…y ahora no tengo ni idea, ni de qué lata es, ni de cómo fue el proceso que empleé para conservarlo. En fin, que aquí estoy, o no, intentando encontrar la dichosa lata y  averiguar exactamente su contenido.

En realidad, parte del problema es que yo nunca había enlatado nada. Había amurallado muchas veces, pero enlatar, enlatar jamás. Creo que estoy pagando mi inexperiencia en el arte de la maceración, la confitura y la conservas en general. Soy más de temporada o, en el peor de los casos, de congelar y basta. Lo de la conserva fue de improviso, necesitaba moverme con más rapidez por la vida y, me parecía que, lo de las latas, me daba más capacidad de acción. Y así ha sido sin duda.

Supongo que a estas alturas os estaréis preguntando qué es eso de lo que estoy hablando, eso que hay dentro de la lata. Pues, en realidad, ya no sé qué debe ser. ¡Ha pasado tanto tiempo! Era un corazón, mi corazón. Lo enlaté pero no me acuerdo si lo puse en aceite, al natural o en almíbar. Recuerdo bien que no hice ni mermelada ni confitura (me lo confirma que, en mi despensa interior, no hay ningún bote de cristal), tampoco hice ningún licor de esos, en que pones una fruta con alcohol y, milagrosamente, aparece una bebida maravillosa y ardiente (no hay ni una botella en ningún armario: ¡qué triste! ¡Estaría bien tomarse un chupito de corazón!). Y ahora, no sé qué lata es, ni qué voy a encontrar, si doy con ella.

De hecho, no sé qué pasa con los corazones cuando no se usan: ¿se oxidan?, ¿sus pilas se descargan?, ¿se florecen?…En cierto sentido, estas preguntas ya me las debí de hacer, cuando decidí ponerlo en conserva,¿no?. Sino no lo hubiese conservado, ¡claro! Espero que esté en almíbar, así se le habrá pasado la amargura que llevaba dentro, cuando lo envié de vacaciones a remojarse entre fluidos ajenos a él.

Ciertamente, no era la primera vez que mi corazón estaba salpimentado de amargura. Lo que pasa es que, otras veces, la amargura se combinaba con tristeza (eso que se llama tristeza amarga), con desconfianza (eso que se llama “no me fío ni de mi propia sombra”), de rabia (eso que se llama cinismo) y producía cócteles de lo más sofisticados, que me hacía probar a mi misma y, dejaba degustar a los demás. Sólo degustar ¡eh!, porque yo pasaba grandes temporadas en el exilio. Me explico.

Antes de dedicarme a las conservas, tenía vocación de ingeniera. Si, sí, creo que era de ingeniera y no, de arquitecta. Me encantaba proyectar y construir castillos, con altos y resistentes muros ¡Ah! Ahí es cuando vosotros pensáis lo de arquitecta, pero yo digo: con lo que me lo pasaba mejor, en realidad,  era con el diseño de los puentes y el foso, que rodeaba a la que pretendía ser mi fortaleza. Por tanto, queridos, es de ingeniera, ¿no? En verdad construía  atalayas inexpugnables que, ni siquiera podía atravesar ya ningún príncipe deseoso de demostrar que era azul.  Era tal la indigestión de emociones que decidí, claramente, no ser ni la musa ni la bruja de nadie, ni tan solo la bruja ni la musa de mi misma ¡La vida sin cuentos es mejor vida!

Y tengo que reconocer – y aconsejar a los que quieran vivir una temporada en el exilio – que me fue bien. En un castillo, una se siente muy protegida pero que muy, muy protegida. Calentita, aislada y entretenida con tantas estancias que recorrer, tantos baúles que abrir, tanto polvo que limpiar, tantas ventanas por las que mirar…¡Fantástico, de verdad! Pero pasado un tiempo, es un tanto claustrófico…Allí encerradita ves pasar la vida, bordando, leyendo, proyectando…Para una persona inquieta como yo, aburrido cuanto menos…

Por eso empecé con el tema de la chatarra. Quería salir del alcázar, ir a dar una vuelta, tener aventuras… Mi existencia no está hecha para la vida de doncella virginal. ¡Una putada para alguien que ya no cree en la bondad universal! Y fue cuando pensé en lo de la armadura. La verdad es que me parecían un tanto ortopédicas, pero era lo que había visto en el cine. Eso es lo que llevaban los caballeros, cuando salen de sus castillos hacia tierras extrañas, en busca de dragones o de supuestos enemigos. Así que dediqué horas a diseñar mi propia máscara protectora, revolví entre mis herramientas, recorrí las dependencias en busca de metales que fundir y, con mis manos, mi mente y el trocito de corazón disponible, fui modelando ese guante corporal, que habría de convertirse en mi segunda piel.

Cuando la tuve a punto, me dije “allá voy” y me lancé a explorar mundo, con una sonrisa tiesa y planchada, que había esculpido en el antifaz que ocultaba mi cara. Me costaba caminar porque, entre tanto aluminio y hierro fundido, accionar cada músculo implica un plus de energía y tensión. Pero valía la pena, otra vez en el mundo y con protección a prueba de…¡nada de nada!…No había previsto que también necesitaba escudo y espada y, una preparación especial para la lucha con tales armas ¡Tonta! Como mínimo, ¡tonta!. Y a los dos pasos ¡ya está! Me encontré a un oponente. Y no un oponente cualquiera (no me iba a caer esa breva), sino ¡un señor oponente!. Me miró, midió mis fuerzas y, sin duda, pensó que era una presa excelente. Así que me retó a quien aguantaba más, en una lid sin fin. Y yo, yo no me resistí Me encantan los retos y él parecía ¡tan buen contrincante!… No me equivoqué: Él era más listo que yo, tenía más manejo de las armas que yo, más experiencia como caballero que yo, y había trabajado su resistencia y las estrategias de lucha más que yo. No es extraño, por tanto, que acabara siendo un títere con el que disfrutara jugando. Y, en tanto, mi armadura, hecha con tanto amor y supuesta sabiduría, se fue resquebrajando en las batallas que, día a día, librábamos mi enemigo y yo. Y, en la medida que, mi indumentaria de metal se iba llenando de fisuras, mi corazón iba quedando al descubierto y, con todo eso de la capa de ozono y sin protección solar, su piel se iba quemando y requemando, secándose ¡Pobrecillo, tenía un aspecto!

Me costó mucho decirme que no quería luchar más con ese caballero. Estaba agotada. No me quedaba energía para nada en la vida, que no fuera estar en guardia, en la competición que nos habíamos montado. Sinceramente, le agradezco hasta el infinito que decidiera que el juego le aburría y, que quería buscar otro caballero con el que luchar. Hubiese estado bien que yo me hubiera plantado y, hubiera proclamado que las justas de caballería no son para mí. En fin, no me dio ni ese gusto…

Habréis adivinado que, después de este episodio medieval, abandonara mi coraza armada en la primera esquina de la vida que encontré disponible. Estaba cansadísima pero no me apetecía irme al castillo…Lo tenía demasiado visto. Por lo que, tararí tarará, me puse en plan “teching” (mirar el techo, pancha arriba, en el sofá) y empecé a planear la forma de transportar mi corazón, a salvo de príncipes, caballeros y otros especímenes de las fábulas populares. Y apareció la gran idea de hacer conservas (como veis el teching es superútil cuando uno está seco, sequísimo existencialmente).

Os lo juro. Me ha ido muy bien hasta ahora. Pero en este momento,  necesito recuperar mi corazón. Sin corazón no soy nadie. No soy yo. Y ¡joder!, no sé donde lo he metido. A mí, me gusta querer a la gente y es como si no los quisiese del todo, si no tengo mi corazón, haciéndome compañía. Los quiero con la cabeza pero, con la cabeza no se quiere, se piensa que se les quieres. Sé que les quiero pero no siento que les quiero. Es, es, es…¡una putada! Y es que nadie se merece que yo pierda mi corazón por él. Mi corazón es mío y lo quiero a mi lado. Que yo haya sido una imprudente, jugando partidas de póquer inútiles (además, ¡si a mí no me gusta el póquer)  y, haya apostado mi corazón para igualar las capulladas de otros, no significa que, dentro de mí, quede un espacio vacío que me vuelve una desconocida, cuando me miro ¿Dónde está la dichosa lata?

A ver, a ver, creo que puede estar por ahí…¡La tengo! Debe ser esa por las dimensiones y por el polvo acumulado. No sé qué debo guardar en las otras que hay aquí. Espero que no sean los riñones o el hígado…Sino no sé que voy a hacer sin ellos…Bien, llega el momento de la verdad ¿La abro o no? Si la abro, deberá ser sin cloroformo. No lo tengo a mano. Lo gasté en las cicatrices de las famositas batallas con el “caballero de la espada alzada” (no penséis mal, cínicos que sois unos cínicos). Si abro la lata y recupero mi corazón, deberé acostumbrarlo otra vez a la luz del sol y al aire, a los sonidos, a los olores, y a ¡sentir! Será como volver a enseñar a caminar a alguien. Espero que sea fácil. Y yo también deberé retomar el sentir con intensidad la vida y, no a media luz, como hasta ahora. El claroscuro no está mal, pero la intensidad te devuelve del presente. Si no la abro, al menos, ya habré localizado la lata. Puedo esperar a estar preparada, a tener un poco de éter atontador, a que aparezca alguien a quien valga la pena dejarle un espacio en mi corazón…Siempre tendré que reanimarlo después de tanto tiempo en almíbar, al natural o en aceite…Es lo que tienen las conservas.  Sinceramente, creo que es una decisión tan importante que la voy a tomar a solas. Si me perdonáis…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>